domingo, 16 de junio de 2013


UN PACTO POR OTRA EUROPA



Artículo aparecido en el periódico "ABC" el domingo, 16 de junio de 2013.

Nuestro país atraviesa la etapa más crítica desde que se instauró la democracia, una profunda crisis económica y social que amenaza con convertirse en política e institucional. Este hecho debería ser suficiente para justificar el cierre de acuerdos entre las dos principales fuerzas políticas españolas, acuerdos que demuestren a los ciudadanos que podemos pactar lo esencial, como arremeter con contundencia contra las causas de esta horrenda crisis que tanto sufrimiento está provocando. El importante pacto que anunciaron el pasado miércoles el Presidente del Gobierno y el Secretario General del PSOE, es sobre Europa porque es ahí, sólo ahí, donde se pueden adoptar las decisiones para salir de la crisis antes y mejor. Europa es donde se toman las decisiones económicas. El pacto es crucial ahora porque es en este momento cuando Europa comienza a virar. Así lo demuestra que el Presidente de la República francesa François Hollande haya logrado poco a poco orientar la agenda del Consejo hacia el crecimiento económico y la creación de empleo. A este esfuerzo se ha unido el nuevo gobierno de Italia liderado por otro progresista, Enrico Letta, y también ha contribuido la constatación del profundo error que constituye el esquema de austeridad impuesto por la derecha europea como ha demostrado el FMI en su análisis de los multiplicadores fiscales o el demoledor informe sobre el rescate de Grecia. Las desastrosas previsiones económicas de la Comisión, a pesar de su gravedad, han servido para que se dé cuenta de que debíamos seguir una ruta de consolidación fiscal más flexible. Europa comienza a virar y España no puede desaprovechar esta oportunidad. Por eso estábamos obligados a pactar. El abandono de las políticas erróneas que han agudizado nuestra crisis debe ser definitivo.
Por eso ahí estamos los socialistas, porque apoyando y reforzando la posición del gobierno en el próximo Consejo Europeo estamos impulsando la búsqueda de una salida para la crisis más justa y rápida. La que apoyan los socialdemócratas europeos.
El acuerdo inicial que podrá ser ampliando estos días a todas las fuerzas políticas que lo deseen contiene los elementos básicos que en este momento están retrasando la salida de la crisis en España. En primer lugar el desempleo, en particular el juvenil –Garantía Juvenil, Erasmus de formación y EURES, y más financiación sin que compute como déficit-, aunque se habla menos del paro de larga duración. En segundo lugar, el crédito, problema para las pymes, para el crecimiento y la creación de empleo, por lo que deben facilitarse las condiciones de acceso a la financiación a través de una acción más decidida del BEI. En tercer lugar las inversiones europeas que tienen que impulsar el crecimiento de una vez por todas, de nuevo el BEI pero también el presupuesto para 2014-2020 y otras fuentes de inversión como los remanentes del periodo 2007-2013 –calculamos otros 10.000 millones de € que pueden ir a empleo-. Así mismo, la unión bancaria y la recapitalización directa de la banca que lastra nuestra deuda pública al asumir la deuda privada de los bancos con problemas. El acuerdo incluye elementos fundamentales como instar al BCE a adoptar medidas para poner fin a la fragmentación existente en los mercados financieros que se traduce en unas muy diferentes
condiciones de financiación para las empresas en los distintos países de la Zona Euro, lo que resulta completamente inaceptable en el seno del mercado interior.
En definitiva un pacto por interés nacional para acudir juntos como país a un Consejo Europeo que pretende hacer concreciones y salir del mismo con decisiones importantes. Un pacto que debe contribuir también a comenzar a recuperar la confianza en nuestra economía y en nuestras propias fuerzas y posibilidades para salir de la crisis, crear empleo y seguir prosperando.

martes, 14 de mayo de 2013


Los tres problemas de la izquierda (europea).



Artículo aparecido en "sesiondecontrol.com" el lunes, 13 de mayo de 2013.
Los socialistas y socialdemócratas europeos hemos celebrado dos importantes conferencias en las últimas semanas. La primera, organizada por Policy Network y Global Progress en Copenhague, también con la participación del Partido Demócrata norteamericano, entre otros. La segunda en Barcelona este fin de semana, promovida por la FEPS – La Fundación Europea para Estudios Progresistas- en el marco de su programa “Next Left” con la colaboración de diversas fundaciones de partidos como la Campalans.
Ambas han mostrado que existe un claro contraste entre la percepción social de los principales partidos progresistas en Europa, sin duda baja e incluso desmoralizante, y el debate interno que es, quizás, más intenso y rico que nunca. En ambos encuentros hemos coincido políticos en activo en el Gobierno o en el Parlamento con profesores universitarios, profesionales y representantes de la sociedad, partidos y fundaciones, instituciones progresistas dedicadas al estudios e investigación, think tanks, y otro tipo de organizaciones o empresas.
Tras Copenhague, publiqué en el boletín de Policy Netwok mis impresiones, más bien preocupaciones, sobre lo que está pasando en el seno de la familia progresista europea e incluso global. Quizás merezca la pena una rápida lectura.
Ambos intensos encuentros han generado dos valiosísimas publicaciones que sin duda servirán para centrar el debate y las propuestas que desde la izquierda vayamos formulando en los próximos meses. En cualquier caso, mis preocupaciones se pueden agrupar en tres grandes ideas o ejes.
La primera, ante esta crisis, la izquierda europea y también norteamericana debe asumir que muchos de los problemas que ahora están generando tanto sufrimiento y desolación, aunque fueran consecuencia o herencia de las políticas de la llamada “nueva derecha” de Thatcher y Reagan, sin embargo surgieron bajo nuestro Gobierno.
Esa es la principal razón por la cual ahora generamos tan poca confianza. Participamos pasiva o incluso activamente en la desregulación, olvidamos cómo se genera la Renta, o que los mercados podían o pueden operar de otra manera. En definitiva redistribuimos de una manera muy progresista las rentas que generaba una economía especulativa insostenible. Un mal negocio.
En segundo lugar, los socialistas y socialdemócratas europeos debemos ser capaces de definir una misma estrategia para salir de la crisis. Hay que ir mucho más allá de lo que proponemos como PES (Partido de los Socialistas Europeos) y como grupo S&D en el Parlamento Europeo (Socialistas y Demócratas), porque todavía no hemos consensuado una estrategia común para hacer frente al austericidio que impone la derecha alemana de Angela Merkel. Esta ausencia de estrategia común se nota en particular entre los países que formamos parte del euro y los que no lo hacen, pero también en el seno del propio euro entre los del norte y los del sur.
Si no somos capaces de establecer un paradigma común norte- sur, si no hay paradigma común, no seremos capaces de reforzar nuestra familia política no sólo en Europa sino también en el resto del mundo, a escala global, donde sólo el moderado Barak Obama brilla por méritos propios. No deja de ser una paradoja que sea el Partido Demócrata de los Estados Unidos el referente progresista mundial, en una familia política dividida en Europa y muy debilitada en el resto del mundo. Un mundo donde ya casi nadie apuesta por el modelo de democracia social de mercado a la europea para desarrollarse y sacar gente de la pobreza. Un mundo en el que los jóvenes, también los europeos, se sienten abandonados por los partidos tradicionales.
En tercer lugar necesitamos un proyecto mejor. Como siempre, pero esta vez mejor que nunca. Debemos explicar qué relación queremos mantener con los mercados, cómo establecer la convivencia entre la producción de bienes y servicios, la provisión de bienes sociales y las instituciones democráticas que deben transformarse. Hay que poner fin a la hegemonía financiera sobre demasiados ámbitos de la vida tras el desastre generado por décadas de desregulación y, en España, de burbuja, endeudamiento y especulación.
Décadas en las que ha habido demasiada opacidad, abusos, acumulación de renta en determinadas élites y escasa igualdad de oportunidades. Errores camuflados en las insostenibles rentas y sensación de bienestar que generaba la burbuja. La generación de empleos atendiendo al proceso, a las razones que permiten su creación, debe centrar toda acción política.
Una acción política que debe cambiar para garantizar la participación de toda la sociedad, incluso de los sectores más indignados. Una sociedad que debe apostar por la inversión social y en conocimiento como únicos caminos para garantizar un futuro de prosperidad y bienestar que sólo podrá ser si evolucionamos hacia una sociedad más igualitaria, con menos diferencias, como los países europeos más desarrollados. Y no me refiero necesariamente a los escandinavos, sino también a otros modelos como los Países Bajos o Alemania
Y en Europa, debemos seguir avanzando hacia la unión política con todas sus consecuencias previas, unión fiscal también de ingresos, bancaria con sistemas comunes de garantía, y unión social. Demos seguir adelante con todas las consecuencias y los que no quieran hacerlo deberán dar un paso atrás y no obstaculizar el avance del proyecto europeo. Un proyecto que debe hacer suyas las garantías sociales que hoy tanto preocupan a sociedades enteras y que los estados nacionales son incapaces de proteger.

domingo, 12 de mayo de 2013

Recetas del pasado.



Artículo aparecido en el periódico "ABC" el domingo, 12 de mayo de 2013.

Con esta afirmación, recetas del pasado, el Gobierno ha dado carpetazo a la propuesta de pactos planteada por el PSOE en el peor momento de crisis económica que se recuerda en nuestro país desde que existen estadísticas. Una frase que resume como nada la obstinación del Gobierno en seguir por la senda económica trazada por la derecha europea y que, ya sabemos, conduce a que en 2015 haya más desempleo que en 2011, o sea, a echar por tierra una legislatura completa. La mención al pasado merece cierta reflexión porque ahí radica la clave de lo que ahora estamos sufriendo, en las consecuencias de determinadas recetas del pasado. Veamos cuales.

Nuestra economía creció mucho entre 1993 y 2008, un ciclo económico de 15 años desperdiciado. Un ciclo en cuya parte central, 1996-2004, gobernó el PP. Un ciclo en cuyo fatal desenlace han tenido que ver las decisiones adoptadas durante esos años por todos nuestros gobiernos y por la Unión Europea (UE), en especial las relativas a la creación del euro y su gobernanza nacional y comunitaria en el históricamente inédito contexto de tipos de interés reales prácticamente nulos.

No resolveremos esta crisis con la determinación y el consenso que su gravedad exige mientras no cerremos el diagnóstico de las recetas del pasado que nos han traído hasta aquí. Un ciclo completo perdido en el que nuestra economía apostó de manera insostenible por la construcción. Quince años durante los que nuestro sistema financiero, en especial las cajas de ahorro gestionadas de esa manera, infló la burbuja promotora, constructora e hipotecaria hasta su estallido final. Dos factores, preeminencia de la construcción y crecimiento suicida del crédito sin las cuales nuestra realidad sería hoy muy distinta.

La responsabilidad de lo ocurrido es colectiva. No sólo del Banco de España sino también Banco Central Europeo y del conjunto de instituciones comunitarias, de los partidos al frente del Gobierno central o en las CC.AA. Los agentes sociales -por supuesto las sectoriales empresariales de las finanzas y la construcción- nunca advirtieron lo que podía suceder. Tampoco lo hizo la academia, ni los institutos de estudios, análisis y posgrado, ni el sistema financiero, claro.

Recetas del pasado fueron la ley del suelo de 1998, la gestión madrileño-valenciana de Bankia -más de la mitad del rescate financiero y suficiente para haberlo evitado-, la explosión descontrolada del crédito provocada por la creación del euro -el 1 de enero de 1999 se fijaron los tipos de cambio, las monedas y billetes empezaron a circular el 1 de enero de 2002-, o la reducción del porcentaje del PIB dedicado a I+D+i entre 1996 y 2004 a pesar de que en el año 2000 se lanzase la ambiciosa Estrategia de Lisboa. Por todo ello no vale recordar 1996-2004 para reivindicar lo que el PP es capaz de hacer para desviar la atención sobre sus errática gestión actual, que comenzó en 2011, entre otras decisiones rectificadas en pocos meses por la troika, con la recuperación de la desgravación en el IRPF por la compra de vivienda…

Tras la quiebra de Lehman Brothers, y según el diagnóstico que entonces se realizó, la UE apostó unánimemente por amortiguar la crisis mediante políticas expansivas, el Plan Europeo de Recuperación aprobado en el Consejo Europeo de diciembre de 2008, que fue reemplazado radicalmente por el austericidio auspiciado por Angela Merkel a partir de la quiebra de Grecia en 2010. Pues bien, ni un camino ni el otro. No hay más que mirar lo que están haciendo los EE.UU, que no es sospechoso de ser un país peligrosamente izquierdista. La política actual será otra receta del pasado.

Nuestro país desperdició un ciclo en el que la transformación económica que mostramos al mundo con exagerado orgullo tuvo mucho de insostenible burbuja. Años plagados de recetas del pasado, de errores nacionales y europeos, de malas políticas y gestión económica y financiera negligente. Un grave error colectivo, sí, aunque más culpa de unos que de otros.

lunes, 6 de mayo de 2013



El mito 1996-2004


Artículo aparecido en "sesiondecontrol.com" el lunes, 6 de mayo de 2013.

El periodo de tiempo 1996-2004 son lo años en los que gobernó el Partido Popular con José María Aznar como presidente del Gobierno. He elegido esas dos fechas como encabezamiento de esta columna porque en los últimos días han sido citadas muchas veces utilizándolas como ejemplo, como contra-ejemplo más bien, de lo que supuestamente sabría hacer bien el PP después de haber decretado tras 18 meses de gobierno que la legislatura está perdida y que en 2015 todo será peor que en 2011, cuando Mariano Rajoy llegó a la Moncloa.
Periodistas, tertulianos de diferentes pelajes, propagandistas varios e incluso agudos economistas han repetido una y otra vez que todos los españoles saben lo que el PP es capaz de hacer porque ahí queda 1996-2004. O sea, que la incapacidad manifiesta de estos 18 meses de gobierno, la impericia total, las contradicciones y cambios de opinión, el incumplimiento sistemático de todas y cada una de las promesas del programa electoral de 2011, los seis millones de parados y el millón adicional que engordará esta cifra hasta 2015, la impotencia ante las consecuencias de sus equivocadas decisiones y la invocación como único recurso a la paciencia ciudadana, nada debe perturbar nuestra confianza infinita en el PP porque ahí queda 1996-2004. Toma ya.
En efecto, nuestra economía creció mucho entre 1996 y 2004. Para ser más exactos lo hizo entre 1993 y 2008, un ciclo económico de 15 años, en mi opinión, desperdiciado. Un ciclo cuya parte central fueron esos años de gobiernos del PP, por coincidencia temporal electoral en sintonía con el ciclo económico europeo o incluso global, cuyo fatal desenlace tiene que ver con decisiones adoptadas a lo largo del mismo por los diferentes gobiernos que tuvimos en España y por las decisiones adoptadas en la Unión Europea, en particular las relativas a la creación del euro, que coinciden en su parte más trascendente con esos años.
No resolveremos esta crisis mientras no superemos el mito 1996-2004. El ciclo 1993-2008 ha sido un ciclo perdido porque nuestra economía concentró su capacidad de inversión y creación de empleo con una intensidad insostenible en el sector de la construcción. Al mismo tiempo, nuestro sistema financiero, en particular las cajas de ahorro controladas políticamente desde las Comunidades Autónomas –los bancos privados tradicionales no cometieron los mismos errores-, inflaron la burbuja concentrando su riesgo en el crédito a promotores y constructores, y por supuesto hipotecas, cegadas por la liquidez que el euro aportó hasta llegar al máximo en el año 2007.
Dos decisiones nefastas, primacía a la construcción y crecimiento desenfrenado del crédito, que si no se hubieran adoptado o si se hubieran gestionado de una manera muy distinta habrían garantizado un futuro, o sea el presente de hoy, muy distinto al que estamos padeciendo.
¿De quién es la culpa? Evidentemente de todos. Del Banco de España, pero también Banco Central Europeo e instituciones comunitarias, de PP y PSOE, pero también de CiU y PNV, de agentes sociales, pero sobre todo de la patronal, de los inteligentísimos institutos de estudios, análisis y estudios de posgrado que nada vieron venir, y por supuesto del sistema financiero y, en especial, de las cajas.
Claro que sin la ley del suelo que el gobierno del PP aprobó en 1998, sin el desastre madrileño-valenciano de Bankia que ha supuesto más de la mitad del rescate financiero y es 100% PP –sin esa quiebra es muy probable que no hubiera habido tal rescate-, y sin unos gobiernos incapaces de prever la explosión descontrolada sobre el crédito que la entrada en vigor del euro iba a provocar el 1 de enero de 1999 –las monedas y billetes lo hicieron el 1 de enero de 2002-, sin todo esto, la realidad hoy sería muy distinta.
Por eso sorprende lo de 1996-2004, porque sin restar culpa a lo que puedo pasar entre 1993 y 1996 y entre 2004 y 2008, con la economía descontrolada y en ruta de colisión –cierto es que el primer gobierno de José Luis Rodríguez cuando menos no pudo cambiar ese rumbo suicida-, llama la atención que se siga apelando a esa praxis gloriosa como referencia subliminal para desviar la atención sobre el actual desastre permanente.
Aquellos gobiernos de 1996 a 2004 fueron no sólo los de Mariano Rajoy sino también los de Luis de Guindos y Cristobal Montoro, y por supuesto los de Rodrigo Rato, que luego todos sabemos lo que hizo en Bankia cuando abandonó el FMI porque no le gustaba el cargo. Todos negaron mil veces la existencia de la burbuja. Eran los años de la locura. Por ejemplo, sólo pondré uno, el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, anunciaba que Barajas cerraría 25 años después de la inauguración de la T-4 y de las nuevas pistas para mudarse a no sé donde y así poder construir sobre el viejo y amortizado aeródromo madrileño una ciudad verde. Y a todo el mundo le parecía estupendo: los proyectos de todo tipo asombraban al mundo.
En el año 2000 el presidente Aznar contribuyó al lanzamiento de la ambiciosa Estrategia de Lisboa que debía hacer de Europa la economía más avanzada en I+D+i y conocimiento en 2010, aunque sin embargo España, entre 2000 y 2004, vio como el porcentaje sobre PIB dedicado a esos fines caía.
En 2011, siete años y medio después, Mariano Rajoy adoptó una inquietante decisión en su primer Consejo de Ministros como presidente que demostraba esa pasión por esos ocho años perdidos de 1996 a 2004: la recuperación de la desgravación en el IRPF por compra de vivienda, otro de los combustibles de la burbuja. Por suerte, o por desgracia porque la rectificación fue impuesta desde fuera, la UE obligó al nuevo Gobierno a eliminarla muy pocos meses después, recuerden el rescate bancario, el famoso MOU…
España perdió un ciclo completo. El milagro económico tuvo mucho de burbuja, la gestión económica y financiera fue simplemente negligente, creamos renta y empleos que eran insostenibles casi como los que se crearon con la tecnología del carbón y el vapor cuando se generalizaron las tecnologías del motor de explosión y la electricidad.
Hubo mucho de todo esto, además de mil cosas más de otro orden –pelotazos, abusos, latrocinios, corrupción, sueldos millonarios- y fue culpa de todos, un grave error colectivo, sí, aunque también fue más culpa de unos que de otros.

domingo, 5 de mayo de 2013



Rescuing the European project.


Artículo aparecido en "Policy Network" el jueves, 2 de mayo de 2013.

The recent Progressive Governance conference of centre-left politicians in Copenhagen, hosted by Danish Prime Minister Helle-Thorning Schmidt, was, once again, not only a big success but a useful opportunity to gauge progressive views on the European project and, also, to contrast the very different political situations that are prevalent within and across Europe. 

Spain, like Portugal and others, is going through an economic and social emergency that is turning into a political and institutional crisis with no clear exit yet. The social costs are spiralling, yet, on the European airwaves, every day we hear that European countries, particularly in the South, that find themselves in economic turmoil are getting what they deserve after decades of waste and excesses. The idea of the virtuous north versus the wicked south is backed by more and more people. “The party is over” titled a well known liberal magazine. Indeed, these discourse can be picked-up within the progressive family of European centre-left parties. 

I will not deny the errors and the big mistakes that former governments took in the past. But, people are quick to forget that the cycle of crises started because over the course of decades conservative governments, and also progressive ones, deregulated financial markets, abolished laws like the Glass-Steagall act in United States – our dear Bill Clinton -, and lived happily in a world of free financial markets and bubbles of all kinds. Progressives in particular forgot how wealth is created. We only worried about its distribution, joyfully accepting the incomes generated by financial deregulation and real state speculation. Those were the days when Spain, only 4 years ago, had a stock of public debt below 40% of GDP, a 2% budget surplus and hardly any analysis arguing against the soundness of its macroeconomic performance, the quality of its growth and companies, and the sustainability of an economy fully integrated in the euro miracle that reached full employment in 2007. Nobody was aware of the tragic storm that was approaching, neither in the wise north nor of course in the clumsy south.

It is important to admit that progressives were too loose with deregulation, and wrongly believed then that income from finance in all its kinds, including high-octane speculation, was at least as good as that coming from traditional industrial activities. Now, we are humbly back calling for a renewed focus on industrial policy as the cornerstone of broader prosperity. 

To achieve this broader prosperity in a more competitive and global world, it is important to remember Dani Rodrik’s paradox that says that global markets, states, and democracy cannot coexist. The conclusion, from my perspective, is that we should choose among those three and give up the concept of a nation state in favour of a federal Europe. But instead, the tragic consequence of this paradox, as we are living it now in some European countries, is that what we are giving up is democracy and not the nation state. It is quite difficult to get rid of nation states in this crisis. The EU is giving the same medicine to every eurozone country despite knowing that the illness they suffer is not quite the same. When countries like Spain that now suffer unemployment rates dangerously close to 30% and that have already lost over 15% of their GDP and 25% of public revenue in just 4 years remember that they joined the euro zone to “borrow credibility” they realise the nightmare they are in. Interest rates are lower outside the eurozone and economic policy is in the hands of foreign countries that debate domestic adjustment programmes in their national parliaments while their parliaments give up controlling EU or troika decisions. The loss for democracy is huge. It is so big that national elections do not matter anymore because no government no matter its political or ideological orientation can change the orientation of the policy mix that is leading Europe to a disaster. Not only to a disaster but to an awkward situation where the elections that really matter are taking place in Germany.

That is why some countries or parties among the progressive family might feel abandoned and that is why we need a common progressive approach. It is difficult to take seriously the actual EU approach for growth since it has already taken more than a year to apply decisions such as the youth guarantee scheme or the Growth and Employment Pact. The absence of common rules in too many fields is too obvious, even when it comes to bailing out bankrupt banks where different rules and standards apply depending on whether the bank is Dutch or German or if they come from the south.

Europe needs to step forward in policies or projects like the banking union and the fiscal union. Consideration should also be given to harmonising revenue, and changing the way the European Central Bank manages monetary policy and exchange rates to refocus on growth. Additionally, we need to look again at the way the ECB manages interest rates for a single currency that lives with a financial market fragmented by interest rates differentials, a market that is many things but not a single financial market.

The onus is on the centre-left to rescue the European project from the severe democratic stress that is running through its core. 

miércoles, 17 de abril de 2013

 

Tras Chipre.




Artículo aparecido en "Sesión de Control" el miércoles, 17 de abril de 2013.


El pasado 16 de marzo los 17 ministros de economía y finanzas que conforman el Eurogrupo decidieron por unanimidad, por supuesto con el voto del Gobierno español, resolver la crisis de Chipre adoptando una serie de medidas que incluían una quita para los depósitos de menos de 100.000 euros.
Un monumental disparate que no sólo estuvo a punto de desencadena un pánico bancario, una “corrida” bancaria en Chipre, sino que pudo haberse contagiado a otros Estados miembros. Una decisión que además de contraria a los intereses del euro y de países como el nuestro era ilegal y contraria a la propia legislación de la UE en materia de solvencia bancaria. En definitiva, una chapuza descomunal, una decisión improvisada que ha añadido incertidumbre al cada vez peor panorama económico, ha aumentado las primas de riesgo y ha afectado a la Bolsa.
La reacción social y política a la decisión fue de tal calibre y el temor que generó fue tan fundado y generalizado que los diecisiete ministros del Eurogrupo se vieron obligados a rectificar en la madrugada del 25 de marzo. Hasta ese día fue bochornoso escuchar cómo gobiernos e instituciones europeas defendían una decisión ilegal que arremetía con los esfuerzos de los pequeños ahorradores.
Pero a pesar de ese cambio, todo indica que si no se hubiera producido la reacción que se produjo durante esos días habría salido adelante una decisión equivocada, injusta y temeraria. Una nueva decisión impulsada por Angela Merkel y sus aliados de la derecha europea que además habría creado un gravísimo precedente.
Por ello es imprescindible exigir a nuestro Gobierno y al resto de gobiernos e instituciones europeas, como hemos hecho en el Congreso de los Diputados, que no vuelva a ocurrir un rescate como el de Chipre. Es necesario descartar que el rescate chipriota se convierta en el modelo a seguir para otros países y garantizar que no se adoptarán para España, en caso de rescate, reestructuración y recapitalización de entidades financieras, medidas similares a las acordadas por el Eurogrupo.
No puede volver a repetirse el daño causado por decisiones que luego tuvieron que ser rectificadas, decisiones que incluían graves pérdidas para todos los depositantes y ahorradores más modestos que han puesto en grave crisis la debilitada confianza de los ciudadanos en las instituciones europeas.
Es preocupante que Alemania, primero, intentara retrasar la solución de la crisis de Chipre hasta después de sus elecciones y que, después, se opusiera a garantizar los depósitos de menos de 100.000 euros como marca la ley, dando de nuevo una nefasta lección de solidaridad europea. Esa política no es la política de Europa, sino la de la derecha europea dirigida por Angela Merkel, una política que estamos obligados a corregir.
Por ello es imprescindible una unión bancaria que entre en vigor cuanto antes y que cuente con las piezas previstas: supervisión de las instituciones bancarias por parte del BCE, reglas uniformes de supervisión, control y resolución de entidades, un mecanismo único de resolución, y un sistema de seguro de depósito integrado, europeo, las dos últimas todavía sin diseñar.
Una unión bancaria que debe ir acompañada de mecanismos de rendición de cuentas a autoridades democráticas y que garantice que el sector bancario asuma una responsabilidad mayor en lo que concierne a las consecuencias de sus propios errores.
También es necesario que sea una realidad cuanto antes la unión fiscal, pero no sólo desde una perspectiva de control de los gastos, sino también para que los ingresos converjan en Europa mediante una verdadera e irreversible armonización fiscal y tributaria, sin paraísos fiscales dentro y fuera de la Unión. Y, sin falta, una verdadera unión económica y, después, una unión política.
Y, por supuesto, hay que convertir al BCE en algo más que la autoridad cambiaria que es ahora para que sea un verdadero Banco Central, un verdadero prestamista de última instancia que garantice, sin coste presupuestario alguno para los ciudadanos, que en toda la zona euro se puede acceder al crédito al mismo tipo de interés, acabando con el pernicioso diferencial que está esquilmando nuestro tejido productivo, objetivo que exigirá otro tipo de medidas como algún tipo de mutualización de la deuda.
Tras Chipre y tras tantos errores de una derecha europea cegada por el dogma de la austeridad todo ello es más urgente todavía.

miércoles, 3 de abril de 2013


Incertidumbre global.




Artículo aparecido en "Sesión de Control" el viernes, 1 de abril de 2013.


La crisis económica que está cebándose con los países mas desarrollados, en particular con los europeos, está acelerando los cambios geopolíticos que comenzaron a definirse antes de la llegada de la crisis.
La debilidad europea provocada por la dogmática imposición por Alemania -y sus satélites- de unas recetas económicas incompatibles, no ya con el crecimiento sino con el mantenimiento de un mínimo de orgullo internacional, están provocando el derrumbe del marco internacional construido bajo el modelo normativo de las democracia parlamentarias europeas.
A pesar de que los Estados Unidos del presidente Barack Obama confían en consolidar su recuperación sustentada en una combinación de políticas fiscales y monetarias opuestas a las que Angela Merkel impone en Europa con tanta autoridad como escasa pericia tal -como ha demostrado la crisis chipriota-, la autoridad moral europea está bajo mínimos y eso se nota en la aceleración de las transformaciones lideradas por otros países.
Ejemplos no faltan. En pocos días hemos conocido varios hechos que verifican esta tendencia.
El primer ejemplo, el bloqueo en unas Naciones Unidas de nuevo muy débiles por su incapacidad para acometer decisión alguna respecto a Siria, del tratado internacional sobre comercio de armas por la propia Siria junto a Irán y Corea del Norte.
Los tres, protagonistas voluntarios de las tres peores crisis -nucleares, humanitarias, de derechos humanos- que padece la comunidad internacional. Que semejante terna sea capaz de bloquear la instauración global de controles sobre la venta de armas, que con la legislación actual llegan sin problema alguno a países en guerra, regiones en las que se producen gravísimas violaciones de los derechos humanos, matanzas y genocidios, muestra una vez más la debilidad del sistema.
El segundo ejemplo lo constituye el anuncio de los cinco BRICS -Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica- de seguir con su plan de creación de un banco de desarrollo sur-sur que también tenga capacidad de actuación en el ámbito monetario para reemplazar paulatinamente el papel que el Banco Mundial y el FMI desempeñan, al menos en su ámbito inmediato de influencia, que no es poco.
A pesar de las duda que ofrece un proyecto todavía poco definido hay que recordar que en conjunto representan el 45% de la población mundial y el 21% del PIB.
La incertidumbre en el entorno global y en el orden internacional, que sin duda debe cambiar, evolucionar y consolidar tantos objetivos todavía lejanos, se concentra no tanto en el cambio como en la dirección que está tomando.
Lo preocupante es que el discurso claramente antioccidental que se escucha con cada vez más frecuencia se produce en un momento de profunda debilidad europea.
Europa, principalmente, y los Estados Unidos, con luces y sombras, han exportado durante el último siglo un esquema normativo de democracia, economía de mercado y derechos humanos que constituía el único camino hacia el desarrollo y la consolidación democrática. Hoy ya no es así.
Los errores occidentales antes -pero también después- del final de la Guerra Fría -apoyo a dictaduras, imposición del consenso de Washington, arbitrariedad en el respeto del derecho internacional como en Irak- combinados con la irrupción de nueva rutas hacia el crecimiento, la prosperidad e incluso la opulencia como la que marca China, han acelerado esos cambios.
Por eso hoy es cada vez más frecuente observar que los países que más crecen, e incluso los que a más gente sacan de la pobreza, lo hacen a ritmos superiores incluso a los que la revolución industrial sacó en el norte de Europa. Y a pesar de ello son países que políticamente divergen radicalmente del paradigma democrático europeo.
Así, la primavera árabe ha instaurado partidos islamistas con escasa sensibilidad hacia el respeto de la libertad religiosa, la igualdad de género y algunos derechos humanos fundamentales no menos graves que los que las dictaduras derrocadas tampoco respetaban.
En muchas regiones triunfan movimientos y partidos con inequívoca vocación de convertirse, si no lo son ya, en partidos únicos, con evidente menosprecio de las más elementales nociones democráticas como son la separación de poderes, el respeto al espacio de la oposición, el escaso compromiso con la vigilancia de los derechos humanos y mucho menos con los mecanismos internacionales de control de los mismos, o su cada vez más alegre defensa o aplicación de la pena de muerte. Por ejemplo los países del ALBA quieren debilitar -sino salirse- el Sistema Interamericano de Derechos Humanos de la OEA.
La separación entre izquierda y derecha se disipa porque el creciente populismo permite combinar el nepotismo económico y el control por unas élites de la economía y de sus instituciones de mercado, como la inmensa mayoría de empresas, con políticas de redistribución efectivas pero también arbitrarias, opacidad pública y confusión absoluta respecto a los símbolos del Estado -civiles, confesionales, a veces disparatados-.
Frente al modelo chino Rusia es una democracia casi perfecta, como lo son también en esta nueva escala de valores el resto de los BRICS y países emergentes que tras décadas de oscuridad están logrando sacar a porcentajes importantes de su población de la pobreza.
Así las cosas Europa, la Unión Europea no sólo ve cómo su estrella pierde brillo e intensidad en el mundo, sino incluso en su interior. La insolidaridad del norte con el sur y la extensión desde la cancillería alemana de esa demencial idea destructiva de que el norte es la virtud y de que el sur merece lo que está sufriendo y mucho más, supone la aplicación a la propia Europa de la peor medicina que los europeos hemos repartido por el mundo en nuestros peores momentos.
Algo que, por supuesto, refuerza la decadencia de nuestra influencia global en perjuicio de todos nosotros, los europeos del norte y los europeos del sur, y también ellos.